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El Ortegal, el destino perfecto para playeros, aventureros y gastrónomos

Hay un pregunta típica y tópica que se le hace al viajero: ¿qué prefieres, mar o montaña? Pero para las gentes del Ortegal esta cuestión no tiene sentido. ¿Por qué elegir? Y es que en pocos lugares ocurre el fenómeno que aquí da forma a nuestros pueblos y a nuestra forma de vida: la fusión, sin tapujos ni medias tintas, de montaña y mar.

Quizás haya a quien le venga a la cabeza alguna imagen de otros parajes donde la montaña se eleva en vertical sobre el mar. Lo difícil es encontrar al pie de esa montaña una playa de blanca arena fina. O gris. O dorada. En el Ortegal uno puede elegir la playa por el color de su arena o por muchas otras razones, pero nadie tiene que escoger entre mar y montaña. Ésta última le guarda las espaldas al mar en cada uno de sus arenales.

Pero que nadie piense que lo abrupto de esta naturaleza la reserva sólo para intrépidos. Aquí hay un mar para cada vecino y para cada visitante. Es lo que tienen las rías, que se abren y se cierran a su antojo, ofreciendo recogidas calas de aguas tranquilas y venteadas playas de olas juguetonas. Todas son salvajes, todas ofrecen un pequeña parcela en el paraíso a aquellos que huyen de las aglomeraciones. Y todas son únicas, porque aquí el Atlántico y el Cantábrico se funden de tal forma que hasta sube la temperatura del agua, la más cálida de toda la costa gallega.

Una templanza acorde con un clima de veranos suaves, con un sol que acompaña sin excesos al playero y al montañero, que facilita el disfrute de la ribera del río Sor, uno de los más bonitos de Galicia y cuyo entorno está pensado para los amantes del senderismo, de la pesca, de los caballos

No es necesario salir siquiera de Mañón para sentarse en uno de los observatorios de aves migratorias más importante de España o para, casi, divisar en el horizonte la costa inglesa desde el punto más septentrional de la Península. Están en Bares, ese otro fin del mundo.

Y si seguimos camino por esa costa del Ortegal que une mar y montaña podemos, a pocos kilómetros, disfrutar de acantilados de película y auténticas villas marineras sin cartón piedra. Aquí el mar se ve, se toca, se oye, se huele y, por supuesto, nos alimenta. Sus frutos tienen la fórmula perfecta para que el playero y el montañero recuperen fuerzas antes de volver a disfrutar de esas vacaciones en las que no tiene ningún sentido elegir. No en el Ortegal.